EL TORREJÓN ES DE TERCERA

PREFERENTE / JORNADA – 32

A.D. TORREJÓN C.F. – 0.
A.D. COMPLUTENSE – 0.

El dia amanecía alegre, risueño, soleado, allá por la calle Turín de Torrejón de Ardoz. Los primeros rayos de sol comenzaban a dorar los asientos franjiblancos de unas gradas aun vacías. Un aroma a fiesta, a algarabía, dejaba ecos de Los Perdidos tras la portería Sur y el césped enmoquetado iniciaba su leve despertar al ritmo de los aspersores.

El café del bar dejaba paso a los aficionados que iban llegando y el túnel de los vestuarios escuchaba los primeros pasos de los protagonistas de este mágico día. El sol seguía subiendo y su luz sombreaba el larguero sobre el borde del área pequeña.

El maestro Joselu ya moraba en su aposento y sus secuaces le acompañaban, no estaba solo. Cada músico de su orquesta iban ocupando  los bancos de ese vestuario lleno de partituras estrategas. El himno regalaba sus primeros acordes por encima de la cubierta del municipal. Olor a fútbol en las camisetas, esas de la raya blanca en el pecho, color a goles en las botas, sonido de golpeo en los balones, ambiente de afición torrejonera en la entrada, todo comenzaba a tomar forma, todo era un hervidero y los nervios paseaban por las bandas.

Pasaban los minutos y el trio de expertos en conciertos repasaban, uno a uno, los instrumentos implicados en la futura melodía del gol. Cada genio ocupaba su sitio sobre el rectángulo verde, la afición aun guardaba silencio, como reservándose, y un ronroneo partía de la barandilla frente al bar camino del centro del campo… los jugadores de la cantera soñaban con los ojos abiertos.

Sonó el pitido inicial, ya solo quedaba esperar, ya todo estaba en juego, ya nadie podía detener esa canción prolongada entre estrofas de noventa minutos. El viento, incluso, se detuvo a su paso desde la sierra madrileña y encarnó de celeste el cielo.

Todo iba muy deprisa, pero a su vez se detenía, como cuando se paladea el mejor manjar. Todo era como una película en blanco y negro, con voz que va y viene, pero teñida del rojo torrejonero. Todo parecía un sueño soñado hacía tres años.

El marcador, aquel de la esquina, no se movía y Joselu agitó su batuta y cambió de partitura. Le dio otro aire a la mañana, al escenario de esas melodías por llegar, al surco de su banda infranqueable. Y todo nació de nuevo, sus once tenores llevaban el son de una primavera victoriosa colgada de sus dorsales.

Pero el primer tanto, el de la tranquilidad, no llegaba y se esperaba como un rock and roll en plena verbena. Algo giraba en torno al municipal, un halo de nubes  invisibles helaba la nuca de una afición terciaria y grababa en cada corazón la fuerza de un deseo, ese que caía a cuenta gotas desde Torrelodones.

Pero el concierto continuaba y ahora un jazz afónico compuesto por los complutenses dejó en las manos de Rafa el leve susurro de ese aire de la sierra madrileña con aroma a parada de cancerberos inmensos. Ya nadie distinguía si era fock, clásica o melódica el género de acordes que volaban por ese estadio del pueblo, todas se habían unido en un nuevo estilo de música denominado «ascenso»

Un señor de negro también quiso colaborar en ese concierto dorado e hizo sonar su silbato, como poniéndole la guinda a un pastel que llevaba tres años elaborándose en la tahona de un equipo, de un club y de toda su cantera. Todos corrían en busca de los suyos, quien no lloraba… gritaba, quien no saltaba… brincaba, quien no soñaba… no estaba despierto y más de mil almas coreaban a los del escudo torrejonero al lado del corazón.

Ahora si señores, ahora si, ahora el Torrejón se nos hace grande, ya está preparado para conciertos lejanos, conciertos inolvidables, de buena prensa y mejor sonido, de esos que se tocan en los mejores campos, en esos por donde pasa todos los domingos ese aire de la sierra de Madrid con aroma a Tercera.


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